La perspectiva de un «Brexit duro» para el otoño –es decir, una salida no pactada del gobierno de Londres de la Unión Europea– no sólo supone una grave amenaza económica para las islas británicas y sus vecinos. El divorcio por las bravas, con el que amenaza Boris Johnson para negociar otro acuerdo con Bruselas, también supone un riesgo real para la unión de las cuatro naciones que conforman el Reino Unido: Inglaterra, Escocia, Gales e Irlanda del Norte.
De todos estos frentes, Escocia sería el más urgente y significativo. Ante un hard Brexit, el gobierno de Edimburgo insiste en un segundo referéndum de independencia Aunque el primer ministro Johnson diga que las consultas populares como la celebrada en 2014 (55% vs. 45%) son cosa de una sola generación, si el Partido Nacional Escocés gana una mayoría en las elecciones de 2021 quedará cuestionado el futuro de la unión de 1707 entre Inglaterra y Escocia.
Aquella unión parlamentaria en el siglo XVIII creó Gran Bretaña y su final tendría enormes consecuencias. Escocia representa un tercio del territorio del Reino Unido y 8 % de su población. Y además de alojar la fuerza de submarinos nucleares de la Royal Navy, es un elemento central de la identidad británica. Una identidad, que según Stig Abell, en su mejor encarnación supone una combinación de tolerancia (hasta cierto punto), humor, humildad, estoicismo, amor a los animales y diversidad. Aunque en su peor representación implique demasiado resentimiento, jerarquía, desigualdad, alcoholismo y una sobredosis de nacionalismo.
