Los 96 minutos emitidos desde Cleveland, Ohio, sirvieron para ilustrar la realidad de un país completamente desquiciado hasta el punto de haber perdido por completo la noción del respeto y la dignidad. El veredicto más repetido es que, con diferencia, ha sido el peor debate presidencial desde que Richard Nixon y John F. Kennedy en un estudio de televisión de Chicago cambiaron para siempre las campañas presidenciales de Estados Unidos. Desde entonces, las apariencias, el postureo y la imagen pasaron a ser tan importantes, o incluso más, que las ideas, el contenido y la sustancia.
La pandemia ha logrado convertir el pautado camino hacia la Casa Blanca en un proceso político casi irreconocible, desde las primarias sometidas a una muerte súbita hasta el riesgo de una eterna noche electoral. Y los debates no se han librado de esta profunda desfiguración política. De hecho, el virus ha exacerbado todo lo que no funcionaba en Estados Unidos: la desigualdad, el problema racial, la sanidad, la extrema polarización política y la espiral de crispación en un país armado hasta los dientes.
Entre tanta bronca, descalificación, ruido y cuestionamiento de la legitimidad de la democracia americana, el debate quedó reducido a dos caducos personajes (Trump, 74 años; Biden, 77) con un aspecto profundamente desdichado. Se les notó demasiado que no querían estar haciendo esta especie de entrevista de trabajo televisiva que requiere una candidatura a la Casa Blanca. Y al final, los dos candidatos se limitaron a bramar, o balbucear, sobre todo lo que los estadounidenses no quieren.
