Nació en el populoso barrio capitalino Cristo Rey y a los 27 días de llegar al mundo su familia emigró a el Bronx en Nueva York. Quién pensaría que ese muchacho, al que le hacían bullying por ser dominicano, se vincularía con la pandilla Los Trinitarios, caería preso en los Estados Unidos, retornaría a su país deportado y a sus 37 años buscaría plasmar en un libro cómo es volver a Quisqueya y no de vacaciones.
Pablo Sosa fue uno de los 2,215 dominicanos que en 2010 fueron deportados de los Estados Unidos con una condena penal previa, según estadísticas oficiales de ese país.
Había sido encarcelado en varias ocasiones, pero los seis años de prisión que le impusieron por homicidio rebosaron el cúmulo de faltas a las leyes en su prontuario. No se interesó en apelar su deportación y asegura que avaló voluntariamente su regreso a la República Dominicana. Pero cuando volvió en junio de ese año, la realidad lo golpeó.



