En lo referente a la batalla de la prosperidad, Trump la estaba ganando con creces hasta hace un par de meses. La economía de Estados Unidos funcionaba a pleno rendimiento y empleo, hasta el punto de generar su propia dosis de irracionalidad sobre una exuberancia a la que tampoco se atisbaba un final a la vista. Por supuesto, la pandemia del coronavirus ha terminado con esa bonanza a la velocidad con la que se propaga el COVID-19. Y los mantecosos beneficios acumulados por Wall Street durante su presidencia han desaparecido.
Este cambio de fortuna tan abrupto ha servido para exhibir las limitaciones que tiene el liderazgo político ejercido por el trumpismo. En estos años, el presidente se ha convertido en abanderado de la incompetencia radical y del nihilismo burocrático. En su historial de acumulan el rechazo a la ciencia, la desconfianza hacia los expertos, el desinterés por planificar a largo plazo, el gusto por las teorías conspirativas, la paranoia megalómana y el empecinamiento frente a los errores.
Las mañas de Trump han sido muy efectivas ante el clima de extrema polarización política que sufre Estados Unidos. Sin embargo, ante la crisis del coronavirus –que el presidente ha intentado restar importancia hasta que ha sido demasiado tarde– el trumpismo no parece a la altura de las circunstancias. Con el peligro de convertir una gran crisis en una gran tragedia.
