Con aspecto parisino y estampa alargada de seductor (lo era), guardaba cartas de Julio Cortázar y el testimonio del autor con el que fue de la mano a declarar en Europa para que el mundo supiera lo que pasaba en esa Argentina de plomo y sangre de los 70. Despouy dio muchas vueltas por el mundo, primero como exiliado y luego para cumplir misiones del Gobierno de Raúl Alfonsín, Naciones Unidas, la OEA y otros organismos. En la oscura década del matrimonio Kirchner estuvo al frente de la Auditoría General de la Nación, equivalente al Tribunal de Cuentas. Puesto reservado para la oposición, ahí empezó a levantar las tapas de esa alcantarilla podrida de corrupción «K» que, por cierto, le había sembrado el despacho de micrófonos. El kirchnerismo intentó todo para que tirase la toalla, pero Leandro nunca fue de los que se resignan ante el mal.
Con un vaso de whisky se sorprendía si en una discusión acalorada alguien alzaba la voz, «no te podés rebajar así», censuraba. Una mancha en el pulmón fue el principio del cáncer que se lo llevó. En el camino, un cirujano de su seguro médico, prepaga para los argentinos, se aprovecharía de su angustia para sacarle el dinero que no tenía. Esta, como decía, es la historia de un hombre necesario, imprescindible para que Argentina y el mundo fuera mejor. Se fue a los 72 años.
