Cinco condenados a muerte en Arabia Saudí por el asesinato del periodista Khashoggi

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La Fiscalía de Arabia Saudí anunció este lunes que cinco personas han sido condenadas a muerte por el asesinato del periodista Jamal Khashoggi en octubre del año pasado en el consulado saudí de Estambul.

Khashoggi, un destacado crítico del gobierno saudí, fue asesinado dentro del consulado del reino en la ciudad turca de Estambul por un equipo de agentes sauditas.

El fiscal saudí dijo que fue el resultado de una «operación ilegal» y sometió a juicio a 11 personas no identificadas. Saud al Muagab, indicó en una rueda de prensa que además hay otras penas para los otros seis condenados.

Un experto de la ONU concluyó que se trataba de una «ejecución extrajudicial». Además, la relatora especial Agnes Callamard pidió que el príncipe heredero saudí Mohammed bin Salman sea investigado por el asesinato. El príncipe heredero ha negado cualquier participación, pero en octubre dijo que, como líder saudí, asumió toda la responsabilidad.

Khashoggi, el plebeyo que quiso reinar
Las circunstancias que presuntamente rodearon la muerte de Jamal Khashoggi tienen todos los elementos del cine de terror. Pero la vida del periodista disidente saudí contiene trazos de epopeya, que en muchos momentos se identifican con el pulso del turbulento Oriente Próximo antes y después del Once de Septiembre. Khashoggi estuvo al frente de varios proyectos periodísticos que pretendieron, sin éxito, cambiar la fisonomía de un Estado absolutista medieval, regido por la secta quizá más fundamentalista del islam, la wahabí. Quiso influir en la trayectoria de Osama bin Laden. Trabajó para los servicios de inteligencia saudíes bajo la cobertura de su trabajo como corresponsal en las guerras árabes. Defendió en sus comienzos el actual régimen de los Saud –pero el «moderado» anterior a 1979– y acabó fundando en el exilio un partido democrático y atacando ferozmente al nuevo «hombre fuerte» saudí, el Heredero Mohamed bin Salman.

Jamal Khashoggi no tenía sangre azul –su abuelo procedía de Turquía, donde, paradójicamente él habría muerto este mes– pero su voz en Twitter, con casi dos millones de seguidores, fue la más influyente y la que gobernaba en las redes sociales.

Khashoggi hubiera cumplido 61 años el pasado 13 de octubre, un año y once días después de su misteriosa desaparición en el interior del Consulado saudí de Estambul, adonde había acudido a resolver los trámites para su matrimonio con una ciudadana turca. Su abuelo Muhammad, que procedía de la península de Anatolia, emigró a Arabia Saudí y fue médico personal del fundador de la dinastía Saud, el Rey Abdulaziz. Jamal era pues un saudí de tercera generación, no tenía sangre azúl –en un país donde pertenecer al club de los 25.000 miembros de la Familia Real es requisito para cualquier alto cargo–, pero derrochaba ambición. Y la canalizó a través del periodismo. Después de estudiar un grado universitario en Administración de Empresas en la universidad estatal norteamericana de Indiana, la carrera de Jamal Khashoggi, ya de vuelta en Arabia Saudí a mediados de los 80, se sumergió definitivamente en los medios de comunicación de su país.

Los primeros diarios saudíes para los que trabajó como corresponsal le dieron la posibilidad de viajar por toda la región, asistir a la derrota de la Unión Soviética en Afganistán y pulsar el auge del islamismo y la yihad. Jamal sentía la llamada de la reforma, y en 2003 lo demostró tras ser nombrado director del primer diario saudí, «Al Watan». Duró menos de dos meses: una columna autorizada por él, en la que se criticaba a un teólogo radical del siglo XIII, considerado padre del wahabismo, ocasionó su despido inmediato. Seguir leyendo aquí.