Von der Leyen había advertido ayer que si las negociaciones no llegan a buen puerto al final del periodo previsto, europeos y británicos tendrán otra vez graves problemas. En un debate ayer en el Parlamento Europeo en Estrasburgo, la presidenta de la Comisión dijo que «los plazos son muy ajustados. El acuerdo tiene que concluirse en diciembre de 2020 y eso deja muy poco tiempo. Y si no somos capaces de hacerlo estaremos de nuevo al borde del abismo».
Poco probable
Después del triunfo del partido conservador en las elecciones del día 12, la parte europea da por hecho que el nuevo Parlamento británico podrá completar la ratificación del acuerdo de divorcio a tiempo para que la desconexión se produzca en la fecha prevista, es decir, el 31 enero. En tal caso, los servicios comunitarios presentarán el 1 febrero el nuevo mandato con las directrices y las líneas rojas que tiene la UE para iniciar de inmediato las negociaciones con el que entonces ya será un país tercero.
Sin embargo, el tratado de salida prevé que a pesar de que el Reino Unido deje de ser miembro de la UE y haya desaparecido de sus instituciones, la legislación europea seguirá aplicándose en aquel país durante un periodo transitorio que concluye el 31 de diciembre de 2020 para evitar una situación de incertidumbre. El problema es que se considera poco probable que en apenas 11 meses pueda ser posible completar una negociación tan compleja y que entre en vigor sin brusquedades costosas para la economía. Por ello ya se había previsto en el mismo tratado de salida la posibilidad de que el Reino Unido pudiera pedir la extensión de ese periodo transitorio. El plazo para solicitar esa eventual prórroga finaliza el 30 de junio, pero Johnson ha descartado ya esta opción, lo que ha provocado una caída de la libra y ha enfriado la euforia que había levantado su victoria electoral.
Normalmente, a la UE le cuesta varios años completar un acuerdo comercial con un país tercero, en ocasiones se han tardado décadas. En este caso la velocidad de las negociaciones con el Reino Unido dependerá sobre todo del tipo de relación que Boris Johnson tenga en la cabeza, si está pensando en un modelo como el de Noruega, un país que aplica sistemáticamente toda la reglamentación europea, o como el de Canadá que tiene un acuerdo de libre comercio con miles de puntualizaciones específicas.
Ataques de Farage
El todavía eurodiputado nacionalista británico y gran promotor del Brexit, el populista Nigel Farage, quiso atacar a Von der Leyen y a Barnier en el pleno del Parlamento diciendo que hagan lo que hagan «el 31 de enero abandonaremos esta prisión de naciones y volveremos a ser una nación independiente y autogobernada». La presidenta de la Comisión le respondió que «no echaremos de menos a los que vociferan». Barnier le dijo por su parte que no permitía que le dieran lecciones de patriotismo.
Pero la presidenta de la Comisión no ha dejado de advertir que en caso de que se produzca una situación de ruptura sin haber definido las relaciones futuras, el Reino Unido sufriría más que la UE, que se quedará con su mercado único con sus casi quinientos millones de consumidores y los setecientos acuerdos comerciales con otros países del mundo. Johnson cree que para entonces ya dispondrá de una batería de acuerdos con Estados Unidos y sus antiguas colonia que puedan permitirle llevar una política comercial independiente, aunque parta de una dependencia de más del 60% de sus relaciones comerciales con el mercado único.
La UE ya ha advertido en numerosas ocasiones que no permitirá en ningún caso que el Reino Unido pueda tener acceso al mercado único europeo si no acepta el conjunto de sus principios, incluyendo el de la libre circulación de personas. Las negociaciones sobre el futuro del sector financiero y la posibilidad de que las entidades basadas en Londres puedan seguir operando en euros.
La libra pierde lo ganado tras las elecciones ante el órdago de Londres
Si hay indicadores sensibles a la incertidumbre política esos son los mercados, donde los inversores huyen de la inestabilidad. El ejemplo más claro se puede vislumbrar en el Reino Unido, cuya divisa, la libra esterlina, ha estado sumida la última semana en una montaña rusa por los vaivenes políticos. Para los expertos, la situación de la moneda británica es el termómetro idóneo para conocer la situación del Brexit: cuanto más incierto es el entorno político del Reino Unido, más débil es la libra y viceversa.
El pasado viernes, tras conocerse la contundente victoria de Boris Johnson en las elecciones, la libra subió un 1,3%, hasta intercambiarse por 1,2 euros. Esta alza no era sino una muestra de confianza por parte de los inversores para que se produjera un Brexit ordenado. Sin embargo, las peticiones de Johnson para que el periodo de transición tras las salida del Reino Unido de la UE no se alargue más allá de 2020, lo que aumenta la posibilidad de se produzca un Brexit duro, volvieron a encender las alarmas en el mercado de divisas. Así, la libra ya ha perdido todo lo ganado tras las elecciones. En concreto, ayer encadenó otra jornada a la baja cayendo un 0,17% con respecto al euro, intercambiándose a 1,1754 euros, después de que el martes se anotara un desplome del 1,61%. Jorge Aguilar
