Las críticas a Swinson llegaron desde el primer minuto del recuento. Su estrategia había sido un cúmulo de errores. Primero cuando denunció la invocación del artículo 50 del Tratado de la Unión. Había habido un referendo y el resultado fue la salida de la UE que había que hacer invocando ese artículo.
Después no supo cautivar el voto del 48 por ciento de personas que en 2016 votaron a favor de la permanencia. Y, finalmente, lanzó la campaña electoral con carteles en los que se presentaba como la próxima primer ministro del Reino Unido. Considerando que el último jefe del Gobierno del Partido Liberal fue David Lloyd George, elegido en diciembre de 1916, éste era un anuncio temerario. Como quiera que su partido llegaba a estas elecciones con sólo 12 escaños, el cartel se constituía en un disparate. El resultado era previsible.
Aunque los liberaldemócratas fueron el partido que más subió porcentualmente -un cuatro por ciento- perdieron un escaño y Swinson no revalidó el suyo viéndose obligada a dimitir. Hay que reconocer que el caso recuerda demasiado al de sus amigos de Ciudadanos. Y Europa ya no tiene quien levante su bandera en el Reino Unido. Después de esta catástrofe los liberales preferirán ondear otros colores.