En situaciones políticas excepcionales como las que vive el Reino Unido, las cualidades personales de los líderes cuentan mucho más que en la administración ordinaria de los asuntos públicos. El primer ministro despliega una capacidad sobresaliente de tomar la iniciativa y una energía encomiable. Boris no se arredra ante ningún revés y sigue el libreto populista que culpa siempre a otros de cualquier obstáculo.
Esta semana ha enfilado a los diputados actuales al decir «haremos campaña día a día con el fin de que el pueblo sea liberado de la sujeción a un parlamento que ha dejado de ser útil». A cambio de exhibir olfato político, ignora los preocupantes nubarrones económicos que conlleva consigo un acuerdo de retirada muy cercano a un Brexit duro ¿No hay nadie más que pueda facilitar una salida airosa del laberinto?
El líder de los Comunes, el conservador Jacob Rees-Mogg, aporta excentricidad e indolencia. Cuando se despierta de su siesta en el escaño se desliza hacia la teología, al argumentar que el acuerdo del Brexit no puede quedar en el limbo, sino en el purgatorio, según lo dicho por el Papa sobre la no existencia del primero. En el campo laborista, Jeremy Corbyn sigue errando al pensar que tiene grandes posibilidades electorales y que es mejor salir de la UE que co-liderarla. Sus delfines se afanan por llegar a ser el partido que provoque un segundo referéndum, en vez de concurrir a unos comicios en los que Boris pulsará con virtuosismo todas las teclas del nacionalismo inglés.
