En los años setenta y ochenta triunfó entre la progresía la llamada Teología de la Liberación, aquel pintoresco maridaje de valores cristianos y categorías marxistas que recorrió América latina de norte a sur, triunfó en Nicaragua con los sandinistas y desestabilizó muchos países. Hoy la teoría está completamente desahuciada. Uno de sus principales ideólogos, el teólogo y poeta nicaragüense Ernesto Cardenal, cumplió las penas canónicas impuestas por Juan Pablo II y el pasado mes de febrero fue absuelto de todas las penas canónicas y regresó al seno de la Iglesia. Los últimos restos radiactivos de aquella experiencia siguen presentes en el matrimonio presidencial Ortega, groseramente obsesionado con aferrarse al poder. Pero no queda nada, ni en Nicaragua, ni mucho menos en Cuba y Venezuela, del impulso emocional y del idealismo equivocado de los movimientos revolucionarios de antaño.
Lo que ha prendido en la izquierda radical latinoamericana es el recurso al populismo como único sucedáneo de su orfandad ideológica. Si un gobierno bolivariano –léase venezolano o boliviano– se tambalea por el cimbronazo de la oposición, movilícense con urgencia en la calle los grupos paramilitares. Antes en Venezuela se llamaban «colectivos». Ahora el «número dos» de Venezuela los denomina «cuadrillas de paz».
Esa ha sido también la reacción de Evo Morales al ver peligrar su continuidad en el poder. Y la de los grupos radicales ecuatorianos y chilenos, cuando han visto que los gobiernos democráticos retiraban medidas impopulares que sirvieron de detonante a las protestas. Populismo y matonismo van de la mano.
