El testimonio de Lewandowski fue la demostración de que, tres años después, la trama rusa ya ha dado todo lo que podía dar de sí como arma arrojadiza en la política norteamericana. Este estratega y asesor político defendió enardecidamente a Trump, ridiculizó sin piedad a quienes le investigan y utilizó su comparecencia, emitida por las principales televisiones, para promocionarse como posible candidato a un escaño del senado por el estado de New Hampshire, algo para lo que, por supuesto, cuenta con la bendición de Trump.
En marzo, el fiscal especial Robert Mueller concluyó su investigación sobre la injerencia rusa en las elecciones de EE.UU., y detalló sus conclusiones en un pormenorizado informe y en una comparecencia en el Capitolio en julio. Según Mueller, el Kremlin aprobó dos campañas digitales para manipular las presidenciales a favor de Trump, pero este ni las conocía ni participó de ellas. Queda otra duda no resuelta sobre la que Mueller no se pronunció, que es si Trump trató de entorpecer la investigación. La respuesta de la Casa Blanca es sencilla: ¿cómo iba Trump a maniobrar para tapar un delito que no cometió?
El papel de Lewandowski en esa supuesta trama es crucial, ya que en 2017 Trump le encargó que le pidiera al entonces fiscal general Jeff Sessions que abortara toda la investigación. Lewandowski no transmitió el mensaje, y los demócratas le llamaron al Capitolio para que explicara por qué. Dio la implausible respuesta de que se fue de vacaciones y se olvidó de la petición del presidente. Sessions, por su parte, permitió que la investigación siguiera su curso, y Trump, después de criticarle sin piedad, le despidió sin honores el año pasado.
El caso es que, concluidas las pesquisas de Mueller, poco hilo más tienen del que tirar los demócratas. Pueden seguir arrastrando por el Capitolio a empleados y ex empleados de Trump, pero estos son cada vez más diestros en el arte de negar la mayor y victimizar a su jefe, algo que a este no le viene nada mal cuando se dispone a entrar en un año de elecciones.
