Durante la pasada campaña de las elecciones europeas, Macron intentó en vano presentarse como líder internacional de las democracias liberales, ante la ascensión de los populismos y las democracias «iliberales», comenzando por las de Europa del Este, a su modo de ver.
A finales de junio, todavía bien reciente la campaña europea, Vladimir Putin declaró a «Financial Times» que, desde su punto de vista, «el liberalismo es algo obsoleto». Hace un largo quinquenio que los siete grandes occidentales que controlan el G7 decidieron expulsar a la Rusia de Putin, tras la anexión de Crimea, en el marco de la afirmación militar bonapartista de la «gran Rusia».
A pesar de tales antecedentes y del apoyo político y bancario de Putin a las extremas derechas de Francia y otros países europeos, Emmanuel Macron desea reafirmar su independencia y autonomía estratégica, en la más absoluta soledad, nacional e internacional. En la escena francesa, solo Marine Le Pen afirma a diario su solidaridad política con Putin. En la escena internacional, ni Washington ni los aliados europeos consideran oportuno levantar el veto / sanción de Putin en el cónclave del G7.
Los portavoces oficiales y oficiosos de Macron justifican la iniciativa presidencial por un rosario de razones de este tipo: «Es más indispensable que nunca activar las relaciones franco soviéticas, cuando las tensiones entre Washington, Teherán, Damasco y Moscú son un polvorín inquietante». «Siempre es urgente intentar el diálogo en momentos de crisis».
Se trata, desde esa óptica, oficial, de contener a Moscú/Putin intentando evitar que la Rusia putiniana prefiera privilegiar sus relaciones con China.
Thomas Gomart, director del IFRI (Institut français des relations internationales), comenta al vespertino «Le Monde»: «Deseando afirmar ese papel de intermediario, intentando relanzar las relaciones bilaterales, a largo plazo, Macron corre el riesgo de hacer el juego de una potencia que ha erigido su pragmatismo internacional en ideología antioccidental».
Prudentes, los portavoces de Macron se apresuran a matizar que, en verdad, «no es posible solucionar las crisis de Siria y Ucrania con una cena informal». ¿Qué puede esperarse de la reunión de trabajo de los presidentes de Francia y Rusia? Buenas palabras y gran cocina mediterránea, con gestos simbólicos que no apreciarán forzosamente los aliados tradicionales de Francia, comenzando por la Alemania conservadora de Angela Merkel y sus renuentes sucesores y sucesoras.
Desde otra óptica, el encuentro Macron/Putin también tiene un objetivo puramente nacional: restaurar la deteriorada imagen del presidente de la República, que sigue estancada y muy mal parada en los sondeos.
Según todos los sondeos del último trimestre,
Macron
no sale del hoyo del 70 al 75 % por ciento de opiniones negativas. Siendo Francia el país más presidencial entre todas las democracias liberales, es tradición que los presidentes intenten dar lustre a sus desventuras nacionales a través de la gesticulación internacional. Es el caso de Emmanuel Macron, en vísperas de una «rentrée» previsiblemente caliente y un G7, en Biarritz, de resultados harto imprevisibles.