Se ofrece a sí mismo como repuesto de Boris al frente de un gabinete de unidad nacional, tras un voto de no confianza que supuestamente uniría a todos los partidos opuestos al Brexit por las bravas y conseguiría el apoyo de suficientes diputados tories. De tener éxito su operación, convocaría elecciones de forma inmediata y pediría una nueva prórroga a la UE, en la que repensar la salida a través de esta nueva consulta.
Los liberales, el partido al alza por su claridad contra el Brexit, recelan de Corbyn como primer ministro siquiera de forma temporal. Por otro lado, no pocos laboristas temen que su líder les lleve a la derrota en las urnas frente a un Johnson con una capacidad formidable de movilizar a los suyos y quedarse con los votos del partido de Nigel Farage.
La amenaza de un gabinete dirigido por Corbyn ha ayudado en los últimos tres años a cohesionar a los conservadores, unidos para frenarlo con independencia de sus actitudes enfrentadas ante Bruselas. Con un líder laborista moderado y no instalado en categorías mentales de la izquierda de hace sesenta años, sería imposible un episodio final del Brexit en el que el primer ministro se asoma y gesticula peligrosamente ante el precipicio del no acuerdo. Theresa May habría llegado a un acuerdo razonable con la UE de salida, apoyado por el principal partido de la oposición, o el movimiento por el segundo referéndum habría conseguido paralizar el Brexit hasta poder votar sobre sus verdaderas consecuencias.