No es trago fácil para un padre explicarle a sus hijos cómo una familia decente como la suya, en la que el padre trabaja en la construcción y el hijo mayor sueña con ser abogado o futbolista, puede ser cazada con un fusil como lo fueron las 22 personas asesinadas dentro del Walmart de El Paso. Pero es necesario hacerlo, porque cuando confluyen el racismo y la facilidad para comprar armas, masacres como la del 3 de agosto aquí en Texas no son algo realmente excepcional.
Estos niños, además, han escuchado en televisión al presidente de Estados Unidos llamar a sus familiares y amigos al otro lado de la frontera violadores y criminales, y aunque el miércoles Donald Trump vino aquí a El Paso a consolar a las víctimas, familias humildes y trabajadoras como esta le consideran responsable moral de la peor masacre que han sufrido los hispanos de EE.UU. en su historia. «El presidente debe darse cuenta de que es alguien con mucho poder y de que lo que dice tiene mucho peso», dice el padre de familia, que tiene 38 años. Los hispanos son algo más que la segunda mayoría en EE.UU. Ahora representan el 18,1% de la población, pero la Oficina del Censo estima que al actual ritmo serán el 28,6% en 20160.
Muchos de los hispanos que viven en El Paso, familias que hacen su vida a ambos lados de la frontera, denuncian que en la América de Trump viven con miedo. Todo para ellos es peor, más difícil. Francisco Martínez, de 78 años, vive en Ciudad Juárez pero cruza casi a diario a El Paso para visitar a su hermana, Alicia, de 66. Antes tardaba 30 minutos y hoy el cruce puede llevarle hasta tres horas. Pero esas incomodidades no son lo peor de esta época actual. «Yo soy mexicano y me gano la vida decentemente, comprando mercancía en El Paso y vendiéndola en Juárez», dice a ABC. «Soy una de esas personas a las que el presidente llama terroristas y asesinos y tengo un mensaje para el señor Trump: los terroristas y asesinos son quienes vienen aquí a cazarnos simplemente por ser quienes somos. Ojalá se dé cuenta».
