El pasado 14 de julio, el presidente francés Emmanuel Macron quiso mostrar claramente la apuesta por el desarrollo de una defensa europea. El discurso del francés se produjo después de que su ministra de Defensa hubiera firmado con sus colegas de Alemania y España el protocolo para la construcción y el desarrollo conjunto de la próxima generación de cazabombarderos. Si lo que le preocupa al presidente norteamericano Donald Trump es que Europa pudiera seguir descuidando su propia defensa como sucedía después del fin de la Guerra Fría, debería tranquilizarse. Si lo que le preocupa es que los europeos estén edificando una estructura militar pensando en una industria propia, para reducir su dependencia histórica de Estados Unidos, entonces tal vez tiene razón por sentirse desairado.
Trump ha sido un aliado poco convencional en la OTAN y ha manejado asuntos esenciales para Europa, como la crisis de Irán, sin tener en cuenta ninguna opinión de los aliados europeos. Incluso en el turbulento ambiente del Brexit, el Reino Unido se volvió recientemente hacia sus todavía socios europeos para proponer la creación de una flota comunitaria para defender la navegación en el Golfo Pérsico, en lugar de mirar hacia Washington, su aliado tradicional.
El resultado de la crisis del Brexit definirá sin duda los contornos de la cooperación militar entre las dos orillas del Canal de la Mancha que Francia desea mantener a toda costa. Pero en el aspecto político, en Bruselas se cuenta ya con que la retirada del Reino Unido servirá para eliminar un persistente bloqueo político que representaban las reticencias británicas hacia una mayor integración política. La Cooperación Estructurada Permanente que se ha puesto en marcha todavía no es más que un esbozo pero muy prometedor si se tienen en cuenta los precedentes históricos.
