Pero la ley de extradición a China ha revolucionado a la ciudad hasta tal punto que parece que habrá un seguimiento masivo del paro. Aunque este controvertido proyecto de ley ha sido suspendido, la mayoría de la sociedad hongkonesa sigue reclamando su retirada total y está furiosa con el Gobierno y la Policía por la actuación de los antidisturbios dispersando las protestas con «bombardeos» de gases lacrimógenos.
«Para que el Gobierno responda, tenemos que subir las movilizaciones y asegurarnos de que sufra un impacto económico», explicaba ayer a ABC Maggie, una agente de seguros de 35 años que secundará la huelga junto a la mayoría de sus 700 compañeros de oficina.
Según el periódico «South China Morning Post», se espera que más de medio millón de hongkoneses de 20 sectores económicos no vayan a trabajar, lo que supondrá un fuerte impacto en una ciudad con 7,5 millones de habitantes. El aeropuerto, uno de los más transitados del planeta, solo utilizará una de las dos pistas, lo que provocará retrasos y cancelaciones en los más de mil vuelos programados, de los que 511 son salidas. Con los trabajadores del sector aéreo muy concienciados con las protestas, como se vio hace dos semanas con la manifestación en el aeropuerto, la mitad de los vuelos de la aerolínea local, Cathay Pacific, podrían verse afectados.
Numerosos sindicatos apoyan el paro y sectores poco activos en política, como el financiero e incluso los funcionarios públicos, han llamado a no ir al trabajo en solidaridad con los jóvenes y adolescentes que cada fin de semana se enfrentan a la Policía.
Protestar pacíficamente
Para colapsar el metro y el tráfico, los manifestantes tienen previsto interrumpir el servicio y cortar las calles y túneles desde por la mañana. Además, han organizado protestas en ocho distritos, uno de ellos donde está Disneyland, prometiendo que no acabarán de forma violenta como los últimos fines de semana.
Como ya se ha convertido en una costumbre en Hong Kong, miles de manifestantes, sobre todo jóvenes y adolescentes, volvieron este domingo a cortar calles y a enfrentarse con la Policía tras sendas concentraciones: una al oeste de la isla y la otra en Kowloon, al otro lado de la bahía.
Eludiendo la confrontación directa con los antidisturbios para impedir detenciones como las del domingo anterior, los manifestantes jugaron al gato y al ratón y optaron por «acciones relámpago» que, siguiendo la filosofía «Be water» («Sé agua») de Bruce Lee, iban cambiando sobre la marcha. En cuanto se dieron cuenta de que la Policía les bloqueaba el acceso a la Oficina del Gobierno chino, campo de batalla durante los dos últimos fines de semana, tomaron el metro en masa y se dirigieron a la zona comercial de Causeway Bay, que ocuparon como el domingo anterior.
Ataviados de negro, y pertrechados con cascos, gafas y máscaras, se protegían con paraguas para no ser grabados mientras rompían el pavimento para armarse de adoquines y desarmaban vallas del mobiliario urbano para montar barricadas. A continuación se dirigieron hacia el túnel que conecta con el otro lado de la bahía en Kowloon, que cortaron brevemente mientras se formaba un monumental atasco.
«Nuestra nueva estrategia es movernos rápidamente de un lado a otro para que la Policía no pueda atraparnos, cortando puntos neurálgicos de la ciudad para ejercer más presión sobre el Gobierno», detallaba uno de los comandos de la primera línea, apodado Y. Embutido en un traje de neopreno cubierto por una coraza, y hablando tras un pasamontañas mientras un «walkie-talkie» resonaba en su mano, contaba que trabajaba en una tienda de accesorios de lujo y, por supuesto, iba a hacer huelga hoy.
Pero, cuando los manifestantes cruzaban un puente desierto de la avenida cortada, aparecieron a toda velocidad furgonetas de la Policía, de las que se bajaron varios escuadrones de antidisturbios. Para hacer retroceder a los jóvenes, que se parapetaban tras las barricadas, volvieron a disparar gases lacrimógenos, pero luego se retiraron tras una corta, pero intensa, batalla campal.
Durante la madrugada, se repitieron los cercos a varias comisarías no solo por parte de los jóvenes de negro, sino también de los propios vecinos, cada vez más enfadados con la Policía. En medio de una auténtica revuelta popular, Hong Kong vive una huelga general histórica contra el autoritarismo de China.