Almagro no dudó, desde el primero día que tomo posesión del cargo (2015), en llamar a las cosas por su nombre. Nicolás Maduro y la tragedia del pueblo venezolano, se convirtieron en causa propia cuando, sin excepción, debió ser común. El guante de seda de su antecesor, el chileno Jose Miguel Insulza, en sus manos fue una espada certera de Damocles. Pero su modo de hacer se recibió con frecuencia mejor fuera que dentro de la OEA, donde demasiados prefieren el derroche de buenas palabras a declaraciones directas y decisiones arriesgadas.
En entrevista reciente en ABC, el canciller colombiano, Carlos Holmes Trujillo, rescataba los avances de la OEA en la lucha contra el narcotráfico, la defensa de principios democráticos y el acosó al régimen bolivariano. Tenía razón pero justo es advertir que detrás de muchos de esos méritos, destaca el nombre de Luis Almagro. Duque deía lo mismo con otras palabras al referirse al excanciller de José Mujica que busca la reelección: «Cuando se ejercen estos cargos con determinación y no con diplomacia meliflua, estas organizaciones se fortalecen».
