Scholz viajará a París para recomponer el eje franco-alemán

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La primera vez que Macron y Scholz se encontraron cara a cara como jefes de gobierno, recién jurado el cargo el alemán el pasado mes de diciembre, tenían como objetivo mostrar al mundo que la asociación geoestratégica germano-francesa seguía en pie tras la marcha de Merkel. El denominado eje franco-alemán no es otra cosa que el matrimonio pactado con el que las familias europeas mantenemos sellada la paz en el continente desde la II Guerra Mundial y el enamoramiento se reduce a la química puntual entre los contrayentes de turno. En esta ocasión, ya en el primer momento, pareció adivinarse cierta desafección. Y desde entonces hasta ahora las cosas no han hecho más que empeorar. Aquel día, el anfitrión desplegó su charme y abrió los brazos, a las puertas del Elíseo, para recibir a su homólogo con un expresivo «¡querido Olaf!». Un par de horas más tarde, ante la falta de respuesta de la rígida contraparte, había vuelto ya al protocolario «Monsieur le chancelier». Quienes conocen a Scholz, alemán del norte poco dado a la efusión y parco en palabras, atribuyeron su agarrotamiento a una cuestión de carácter y a los nervios del estreno. Pero su socia de coalición, la ministra verde de Exteriores Annalena Baerbock , con muchas más tablas y dominio escénico, que visitaba París solo unas horas más tarde, pronunció incluso la palabra maldita en las relaciones diplomáticas: «diferencias». Y esa es la misma palabra utilizada esta semana por los colaboradores de los dos mandatarios, al explicar la suspensión del consejo de ministros conjunto, que dos veces al año y consagrado por el Tratado de Aquisgrán , celebran los Gobiernos de Francia y Alemania. Se trata de uno de los más firmes gestos de las dos naciones de su intención de caminar juntas en Europa y símbolo de la estrecha coordinación de sus políticas. «La parte alemana no estaba dispuesta a las concesiones que pedía Francia y, debido a que no se esperaba un progreso sustancial, la parte francesa propuso posponer el encuentro», detalla Jakob Ross, del Consejo Alemán de Relaciones Exteriores (DGAP). Noticia Relacionada estandar Si La crisis de Ucrania abre una profunda brecha diplomática entre Francia y Alemania Rosalía Sánchez El consejo de ministros conjunto, símbolo desde hace años del ‘eje franco-alemán’, ha sido suspendido El aplazamiento «al menos hasta enero» ha sorprendido tanto como la transparencia con la que los equipos diplomáticos hablan de las «dificultades insalvables» que lo ha ocasionado. Y ha causado tal revuelo en Europa que Scholz viajará el miércoles a París para intentar salvar los muebles. «Cabe mencionar que también Macron y Merkel necesitaron más de dos años para sintonizar», recuerda desde París el analista Peter Heusch, «el problema es que esta vez Europa no puede permitírselo». Sin avances En la última cumbre europea, ante las posiciones enfrentadas en materia energética y después de que Scholz posase en Berlín con los ibéricos Sánchez y Costa , Macron advirtió, no sin dosis de veneno, que «no es bueno para Europa si Alemania se aísla». El francés y el alemán se reunieron en un aparte durante media hora que solo sirvió para constatar que «no hay avances». «El hecho de que Alemania y Francia no se unan en estos tiempos críticos es preocupante para toda la UE», lamenta Marc Berthold , director de la Fundación Heinrich Böll en París, «este es exactamente el escenario que quiere Putin». «El hecho de que Alemania y Francia no se unan en estos tiempos críticos es preocupante para toda la UE. Este es exactamene el escenario que quiere Putin» Marc Berthold Director de la Fundación Heinrich Böll La lista de los desacuerdos franco-alemanes es larga y contiene suficiente combustible para afectar a toda la UE. En París, varias de las recientes iniciativas de Scholz, en su papel de gestor nacional de crisis, se perciben como violaciones al principio de solidaridad europea, críticas a las que se han sumado Hungría e Italia. «El gran error de Scholz ha sido poner en el escaparate ostentosamente 200.000 millones de euros en ayudas nacionales sin consulta previa», juzga el miembro conservador del Comité de Asuntos Exteriores del Bundestag alemán Norbert Röttgen, «es una cuestión de incompetencia psicológica y comunicativa y esa actual falta de palabras en la relación germano-francesa, en un momento marcado por la guerra en Europa, es una catástrofe». Unilateralismo Los Gobiernos de París y Berlín se acusan mutuamente de unilateralismo nacional a expensas de la solidaridad europea, sea por las multimillonarias subvenciones o por el bloqueo del MidCat . Y el disenso toca fibras aún más sensibles cuando se traslada al ámbito de la Defensa. Alemania lleva muchos años escuchando regañinas en el seno de la OTAN por su carácter de gigante económico a la vez que enano militar. Solo una guerra en suelo europeo ha roto esa resistencia y Berlín, con una inyección de 100.000 millones de euros para la Bundeswehr y al menos un 2% de su PIB a partir de los presupuestos nacionales de 2023, ha respondido por fin a las exigencias atlánticas. Pero el paso inquieta a Francia más de lo que ningún analista había podido predecir. «Alemania se ha lanzado a comprar rápidamente todo tipo de armamento disponible en el mercado, en su mayoría de origen no europeo, como los aviones de combate F-35 americanos y un sistema antimisiles israelí», explica Ronja Kempin, experta en Defensa del Instituto de Asuntos Internacionales de Berlín (SWP), «mientras que Francia esperaba más participación en proyectos europeos». «Alemania primero, Alemania elige hacer sola», se queja Valéie Hayer, eurodiputada del partido Renacimiento de Macron, en referencia al escudo antimisiles propuesto por Scholz y al que se han sumado ya 14 países entre los que no están ni Francia ni España, «en materia de política de armamento, Alemania y Francia se están distanciando, en lugar de acercarse entre sí». Macron teme además que Alemania se acerque más al este y Francia pierda influencia. Desde el estallido de la guerra, Berlín ha dado incesantes muestras de apoyo a bálticos y polacos y «el hecho de que Berlín gire hacia el este es un viejo temor francés en el contexto de la integración europea», señala Jakob Ross. Mientras los europeos del Este celebran que el tartamudeante efe franco-alemán se debilite, para el resto de Europa la brecha es una pérdida.