La buena sintonía que reinó de forma temporal en 2015 entre estos dos países se acabó con la llegada de Trump a la Casa Blanca. Aunque Irán cumplía todo lo pactado, según los observadores de la Agencia Internacional de Energía Atómica, el presidente republicano rompió el acuerdo y volvió a imponer sanciones, lo que ha herido de muerte al pacto. El mandatario iraní denunció los «crímenes y presiones» de Estados Unidos «contra la vida de 83 millones de iraníes, especialmente mujeres y niños», las principales víctimas de las sanciones. Europa es incapaz de adoptar medidas que permitan a Teherán superar los castigos – el más importante es la imposibilidad de vender petróleo, principal fuente de recursos del país – y los iraníes han ido adoptando medidas que le alejan del texto acordado y que le han permitido incrementar sus reservas de uranio enriquecido por encima del máximo de 300 kilogramos establecido por el acuerdo y exceder el umbral de 3,67% en la pureza de sus reservas de uranio.
«Pongan fin a las sanciones para abrir la vía para abrir las negociaciones», insistió Rohani ante una Asamblea en la que su país se ha convertido en uno de los grandes protagonistas. La crisis atómica evoluciona de forma paralela a la creciente inestabilidad en el Golfo, donde desde el verano se repiten los ataques contra barcos e instalaciones petroleras. Arabia Saudí y Estados Unidos acusan a los iraníes de estar detrás de estos ataques, pero la República Islámica niega su implicación.
Ante la política de «presión máxima» de Trump, Rohani aclaró que «la paciencia de Irán tiene un límite. Cuando Estados Unidos no respeta una resolución de la ONU y Europa demuestra su incapacidad, el único camino viable es depende en el honor nacional, la dignidad y el poderío». Un aviso sobre el futuro próximo del programa atómico en el que los iraníes seguirán dando pasos que le alejan del texto acordado en 2015 como medida de presión para que Europa mueva ficha.
