Cuando los barcos recorrían el centro de Castilla

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En el verano de 1753 comenzó un proyecto que, al principio, fue depósito de anhelos y, más tarde, testigo de infortunios: comunicar Castilla con los puertos del norte de la península Ibérica.

La idea no era nueva, a comienzos del siglo XVI un grupo de visionarios presentaron a Fernando el Católico el embrión de un plan de navegación fluvial en Castilla y León. Desgraciadamente, el proyecto quedó arrinconado en algún lugar de palacio.

El objetivo de este ambicioso trazado era terminar con el aislamiento que sufría la meseta como consecuencia de su orografía y de su deficiente red agropecuaria. A través de esta vía de agua se podría dar salida a los excedentes agrarios castellanos -cereales, lana y vid-.

Se bautizó al plan hidráulico con el pomposo nombre de «Proyecto General de los Canales de Navegación y Riego para los reinos de Castilla y León», si bien fue más conocido como Canal de Castilla.

Se impulsó durante el reinado de Fernando VI, siguiendo las recomendaciones del Marqués de la Ensenada, y el prestigioso ingeniero Antonio de Ulloa (1716-1795) fue el encargado de su ejecución. Los trabajos fueron realizados en su mayoría por presos y campesinos que no recibían ningún salario a cambio.

Desde Segovia a Reinosa
En sus inicios se pretendía realizar cuatro canales: uno desde Reinosa (Santander) hasta Calahorra de Ribas (Palencia); otro que se prolongaría desde esta ciudad hasta Medina de Rioseco (Valladolid); el tercero uniría Grijota (Palencia) con el río Pisuerga, y el cuarto entre Segovia y Villanueva del Duero (Valladolid).

En síntesis, la idea originaria era hacer transitar el canal entre las provincias de Valladolid, Burgos, Palencia y Sevilla. Un proyecto audaz, al tiempo que arriesgado.

Los problemas no tardaron en llegar. Durante la Guerra de la Independencia y la posterior crisis económica tuvo que ser paralizado, y en 1828, una Real Orden promulgada por Fernando VII, privatizó la ejecución de las obras.

Tres años después, el Estado concedía la explotación del Canal a la Compañía del Canal de Castilla durante ochenta años. A cambio se establecía el compromiso de finalizar las obras en un plazo no superior a siete años.

Las barcazas se movían mediante tracción animal
Arquetas de riego, molinos, fábricas de harina, puentes, almacenes, esclusas, dársenas, acueductos y puentes configuraron un hermoso conjunto etnográfico a lo largo de kilómetros y kilómetros.

A pesar del concierto, la culminación no se produjo hasta finales de 1849 –casi cien años después del inicio-. Poco a poco las embarcaciones comenzaron a hacerse habituales entre los campos de Castilla.

La época de mayor esplendor fue la década comprendida entre 1850 y 1860, durante la cual el número de embarcaciones superaban las trecientas. Paralelo al canal se crearon caminos de sirga, por donde discurrían animales de tracción –bueyes o mulas- que permitían el avance de las pesadas barcazas.

La modernidad trajo a la península un poderoso competidor: “los caminos de hierro”. En 1866 se creó la línea férrea que unía las ciudades Valladolid y Santander. Contra el tren poco o nada se podía hacer, fue el comienzo del ocaso.

Pedro Gargantilla es médico internista del Hospital de El Escorial (Madrid) y autor de varios libros de divulgación.