No es que esa estrategia le diera gran resultado al presidente. Trump estuvo a la ofensiva en todo momento, sin tomarse el lujo de detenerse dos minutos para explicar sus propuestas concretas para la recuperación económica una vez esté lista la vacuna para el coronavirus, si es que llega como él promete antes de las elecciones del 3 de noviembre. Por decisión suya, y también por seguidismo de Biden, el primer debate fue un cruce de ataques personales en el que volaron insultos como «payaso» o «bobo».
A estas alturas ya ha quedado claro que Donald Trump es un político atípico, rebelde, incapaz de someterse a las mismas reglas que los demás. Ayer demostró que es como el escorpión de la famosa fábula atribuida a Esopo: cruzando el río, sobre el lomo de una rana, no puede evitar clavarle el aguijón ,aunque eso suponga que ambos van a morir, porque esa es su naturaleza. Anoche se notaba que Trump no podía evitar las interrupciones, los ataques, las frases grandilocuentes sobre él mismo en tercera persona («El presidente Trump está haciendo un gran trabajo», dijo de sí mismo), aunque le dejaran en mal lugar.
Las buenas noticias para ambos candidatos son que nadie ganó porque los dos perdieron, aunque ninguno tanto como la política estadounidense, en su día admirada en todo el mundo por su calidad, y anoche convertida en una caricatura de una riña de patio de colegio. Las cosas hoy están como estaban anteayer. Biden va por delante en las encuestas de voto directo, como Hillary Clinton fue por delante en 2016. Trump todavía puede ganar porque en los estados que importan, como Florida u Ohio, las cosas están mucho mas ajustadas. Queda un mes y tres días para las elecciones, y como el debate de anoche dejó claro, hoy en día cualquier cosa, por extraña que sea, puede pasar en EE.UU.
