Su padre era Rami Abu Malhus, tenía 46 años y vivía gracias al sueldo de prejubilado que recibía del Gobierno de Ramala y lo que podía ganar de sus cultivos y cabras. Pertenecen a la tribu Sawarka, son beduinos, y Rami tenía tres mujeres y catorce hijos. «Somos una familia tan grande como humilde, que no tiene nada que ver con la política o con las facciones armadas», explica Ahmed, primo del cabeza de familia fallecido que da la bienvenida a quienes se acercan al velatorio, situado en una casa a solo unos minutos a pie del lugar del ataque. Una gran foto del presidente de la Autoridad Nacional Palestina, Mahmoud Abás, preside la tienda donde la familia recibe a las visitas. Esta foto y unos colchones son la ayuda que han recibido hasta ahora de las instituciones.
Este bombardeo fue el más sangriento de los que realizó Israel en las 48 horas de violencia que siguieron al asesinato selectivo de Bahaa Abu Al Ata, jefe del brazo militar de Yihad Islámica. Esta facción palestina próxima a Irán vengó su muerte con el lanzamiento de más de 400 cohetes, pero acabó acordando un alto el fuego tras dos días de combates en los que no participó Hamás. Los israelíes mataron a 34 personas, entre ellas los ocho miembros de la familia Sawarka, seis de ellos niños, y varios milicianos de Yihad Islámica, como admitió el propio movimiento.
Investigación abierta
El Ejército de Israel reconoció que se trata de víctimas civiles «inesperadas» y en una declaración enviada a la agencia AFP señaló que «según las informaciones que poseíamos en el momento del ataque, no estaba previsto que causara víctimas civiles». Ante la gravedad de los hechos «las fuerzas armadas israelíes investigan el daño causado a civiles», informó el Ejército. La vivienda atacada estaba en la lista de «objetivos potenciales», pero fuentes militares consultadas por el diario Haaretz revelaron que «llevaba un año sin ser revisado y nadie lo inspeccionó antes del ataque». Al contrario de lo que se declaró a los medios en un primer momento, estas mismas fuentes confirmaron que el lugar del ataque era un «complejo de chabolas sin mayor importancia» y mostraron su «frustración» por lo sucedido y por cómo se informó a los medios.
El hogar de Diaa era una vivienda irregular levantada en uno de los terrenos que quedó vacío tras el desmantelamiento de los asentamientos israelíes en 2005, junto al lado de lo que era el puesto de control Abu Holy. «Estábamos dormidos y de pronto todo saltó por los aires. Yo salí despedido y me encontré fuera de la casa, metido en la arena hasta las rodillas. Logré salir y vi a mi hermano Mohanad al lado, solo las piernas sobresalían de la arena. Estaba muerto», recuerda Diaa desde lo alto del cráter. Su nombre significa ‘luz’ en árabe, pero su mirada y, sobre todo su voz, están apagadas. Está sin estar. Además de sus padres y tres hermanos, el pequeño perdió también a tres primos. Su tío, Mohamed, permanece en estado crítico en el hospital.
«Hemos recibido la visita de personas de organizaciones de derechos humanos que recopilan información sobre el caso para poder presentarlo ante la justicia internacional… pero eso lleva tiempo, seguro, y a nosotros lo que nos preocupa es la situación presente estos niños huérfanos», comenta Ahmed entre abrazo y abrazo. Sabe que los israelíes reconocen el error y que el Ejército ha abierto una investigación, pero considera que «es solo propaganda para los medios, nada cambiará para nosotros». Diaa sigue inmerso en su búsqueda de la chancleta. Una búsqueda que, después de cuatro días, finaliza. Sale del cráter con una sandalia de plástico chamuscado en la mano. Nada cambiará para Diaa.
