Guerra en Ucrania, la bola de demolición de la ayuda humanitaria mundial

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Empieza a cundir la rara sensación de que los países europeos van camino de convertirse en los principales receptores de su propia ayuda humanitaria, aquella que se concibió para la pobreza, para los territorios azotados por las hambrunas, los conflictos, las privaciones. La voz de alarma la han dado organizaciones como Oxfam ante la constatación de que, con la sangría ahora abierta en Ucrania, cada vez más gobiernos están computando como Ayuda Oficial al Desarrollo (AOD) los costes de alojar a los 7,8 millones de huidos de la guerra, según cifras de Acnur. Esto es: con cargo a la cooperación oficial, se están pagando de paso «servicios y dispositivos de distinta naturaleza para la acogida», subraya el profesor de la Universidad de Alicante e investigador en Cooperación Carlos Gómez Gil, o directamente se está engordando el aparato institucional anejo a la política migratoria, todo en función de las necesidades del donante. Suecia decidió reorientar a ese fin casi una quinta parte de su presupuesto de ayuda –traducido a euros, unos 923 millones– y Dinamarca unos 269 millones, de acuerdo con la denuncia de la ONG independiente Consejo Noruego para los Refugiados (NRC), que atribuyó a su propio país hacer eso con otros 327 millones. En paralelo, parte del dinero que sí está yendo a socorrer sobre el terreno a la población invadida se está descontando de lo que antes se había designado para otros escenarios, lo que viene en llamarse «reasignaciones», y que unido a la inflación y los precios disparados de los combustibles –los dos efectos indirectos más devastadores de esta crisis– están configurando esta emergencia como la «bola de demolición» de la ayuda mundial, en palabras del analista Cameron Hill, de la plataforma de análisis Developmen Policy Center de la Universidad Nacional de Australia. La agonía de los pobres «Trasladar importantes volúmenes de ayuda a Ucrania está llevando a restar recursos para otras tragedias porque los donantes no están aumentando sus presupuestos de ayuda, sino desviando recursos para restarlos de otros países», advierte Gómez Gil, que se pregunta «¿qué ocurre con Siria, con Haití, que tras su terremoto y todos los dramas que ha atravesado ha llegado a pedir que un país lo intervenga?». Y añade las hambrunas en el cuerno de África, con cientos de miles de personas bajo los plásticos en campamentos de refugiados, también los venezolanos que escaparon a Colombia, más allá Líbano, Yemen, Somalia… crisis que llevan décadas abiertas en canal con poblaciones inmensas en riesgo de morir. Oxfam ya alertó al principio de la contienda de que la UE había retirado más del 50% de su financiación a Timor y que las contribuciones a Burkina Faso acusaba un 70% de descenso. En Uganda, hoy ya no hay para comprar suficientes productos de higiene en pleno brote de ébola. En Chad la falta de combustible ha obligado a cortar el agua a los campamentos, explica Acnur, que en octubre hizo un llamamiento para reunir 700 millones de euros antes de que termine el año so pena de que «la próxima ronda de recortes en la asistencia sea catastrófica» en los sitios que, a la sombra de Ucrania, agonizan. «Se está teniendo que reducir la cantidad de comida por ejemplo en los campamentos saharauis de Tinduf, de 2.400 calorías diarias se ha bajado a la mitad…» , ilustra su portavoz en España, María Jesús Vega, que introduce la clave de que el drama de Ucrania «ha pillado al sistema debilitado después de encadenar el azote de la pandemia, que ha dejado menguados los recursos y las capacidades de los donantes, el reto del cambio climático, con años sin cosechas, la reactivación de conflictos como el de Somalia…». «No hay descanso para los donantes cansados», resumía la consultora suiza Geneva Global. Es agotamiento, fatiga, pérdida de energía para aportar «al ritmo que se multiplican las crisis» , retrata Acnur. Ya a finales del año pasado, la Oficina de la ONU para la Coordinación de Asuntos Humanitarios (OCHA en sus siglas en inglés) describió que la diferencia entre la financiación que se había recaudado en todo el mundo (17.200 millones de dólares) y las necesidades de ayuda (37.700 millones) era «la más alta de la historia»: 20.500 millones. Este 2022, la brecha se amplía a medida que se alarga la guerra. Hasta la agresión de Moscú, la misma OCHA había calculado las necesidades totales de Ucrania en términos de protección y ayuda humanitaria para todo este año en 190 millones de dólares (datos de su Programa Humanitario Global 2022). Ocho meses de horror después, las exigencias de asistencia vital puertas adentro, incluido apoyo a los 7 millones de desplazados o el respaldo financiero al gobierno, se cuantificaron el 8 de agosto en un llamamiento urgente a los donantes en 4.300 millones de dólares para el periodo comprendido entre marzo y diciembre. Es una cifra superior a la suma de lo que fue a parar en 2021 a Siria (2,150 millones de dólares) y Afganistán (1.750 millones de dólares), cuya caída en manos de los talibanes en agosto ya puso a prueba toda planificación presupuestaria. A fecha 26 de octubre, las organizaciones de asistencia que operan dentro de Ucrania habían recibido 2.920 millones, un 68% de lo demandado. ¿De dónde sacar esa fortuna, cuando la escalada de precios está obligando a los Estados también a financiar todo tipo de programas internos para subvencionar el consumo de energía, para compensar pérdidas de ingresos…?. La OCDE avanzó en septiembre que Alemania había propuesto recortar su ayuda exterior el 12% precisamente para atender a esas necesidades nacionales. Y al margen, la factura de los refugiados. El movimiento ONE, fundado por el vocalista de U2 Bono y otros activistas, ha estimado que hará falta la fabulosa suma de 40.300 millones de dólares para hospedar a la diáspora ucraniana, 49.617 millones en total si se tienen en cuenta a los desalojados de otras muchas crisis. Especifica este equipo que ese resultado, –revisable, avisan, no definitivo–, se ha obtenido a partir del volumen de acogidos que ha registrado cada país y de los desembolsos que declararon entre 2018 y 2021 por atender a cada asilado, todo ello de acuerdo a las bases de datos del Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados y de la OCDE. Por aclarar, ninguna de estas ecuaciones integra lo que supondrá la futura reconstrucción de Ucrania, evaluada por el Banco Mundial y la UE en unos estratosféricos 349.000 millones de dólares. Y eso cuando el Kremlim no había reanudado los bombardeos masivos en octubre que siguen y aumentarán la dimensión de los destrozos. En esto de la solidaridad internacional, la ayuda global, conviene hacer un esfuerzo y no dejarse marear por el vértigo de las cifras ni desesperarse por lo fragmentado de las cuentas, lo parcial de las estadísticas, –un sudoku– o lo tarde que se publican. Para tener datos empíricos preliminares habrá que esperar como poco a la primavera de 2023. No hay una biblia, una fuente superior donde conocer la verdad de los donantes, no ya de empresa privadas, fundaciones, particulares, sino de su misma aristocracia: los 29 países miembros del Comité de Ayuda al Desarrollo (CAD), principal órgano de la OCDE. En ese maremágnum, no falta quien sospeche de números hinchados, duplicación de cómputos, trampas al solitario a mayor gloria de las economías ricas en este escaparate planetario tan de moda que es la ayuda humanitaria internacional. Desde Oxfam, su directivo Jeroen Kwakkenbos reveló que durante la pandemia, se donaron 350 millones de dosis de vacunas procedentes de stock próximas a caducar o sin el equipo esencial, léase jeringas, lo que las hizo inútiles, algo que no obstó para que los países benefactores hicieran constar este material en sus hojas de servicio a la solidaridad. «Son simplemente donantes que se dan palmaditas en la espalda por un trabajo que puede haber costado vidas» , lamentó. Trampas al solitario Los investigadores Ian Mitchell y Nancy Birdsall, del Centro para el Desarrollo Global de EE.UU. hablan directamente de cómo las potencias con altos ingresos, en alusión a las occidentales y Norteamérica, «cocinan los libros», los manipulan, y pregonan sus méritos, algo que atribuyen fundamentalmente a un afán de competencia con rivales como China y las órbitas de influencia que, por ejemplo, Pekín está forjando en la región subsahariana a golpe de talonario. La tentación de lucirse políticamente con grandes respuestas a las grandes crisis existe, la cooperación tiene buena prensa, da votos. Aunque no sea pura. Pablo Martínez Osés, Doctor en Ciencia Política y Relaciones Internacionales y miembro del colectivo La Mundial, subraya que las propias ONG españolas reunidas en la Coordinadora de Organizaciones Para el Desarrollo «han cuestionado que en los Presupuestos Generales de Estado para 2023 se compute como AOD el gasto en concepto de ayuda a refugiados. Supone una cantidad de 900 millones de euros, lo que hace crecer un 165% la partida del Ministerio de Inclusión, Seguridad Social e Inmigraciones respecto al año pasado». Ese dinero, añade, es «un 20% del total de la AOD de España y supera con creces la dotación que tendrá la Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo (AECID), que se supone es el principal órgano ejecutor de la política de AOD». Ahí es nada. En el lenguaje de la coordinadora, ese 20% sería AOD «no genuina» , por reiterar: ayuda de España al desarrollo que no saldrá de España. Critican por tanto que, de algún modo, se esté produciendo «una perversión de la evolución» de ese concepto que, recuerda Gómez Gil, autor además del libro ‘Debates y controversias en la cooperación al desarrollo’, no es nueva. De hecho, precisa que en 2015, coincidiendo con el gran éxodo sirio, nuestro país ya destinó el 15% de su presupuesto humanitario a la acogida de personas dentro de nuestras propias fronteras y que, por cierto, España es uno de los que mayor gasto por refugiado declara al año de todo planeta: unos 13.296 dólares. Un dato para no perder de vista.