Los paleontólogos creen que después de que el hadrosaurio Prosaurolophus de 9 metros de largo muriera y su carne se pudriera, el animal se hundió en un río. Allí, casualmente, también cayó una gota de resina pegajosa de lo que parece ser una secoya. Según los autores, la gota, que contiene un pulgón Cretamyzidae, una familia del Cretáceo que devoraba la corteza de coníferas, quedó presionada contra el hueso por el flujo de agua. Después, los sedimentos cubrieron este fósil dos por uno durante decenas de millones de años, tiempo durante el cual la resina se endureció en ámbar, como explican en la web de «Science».
El hallazgo no es solo una curiosidad, ya que proporciona un buen número de secretos sobre el entorno en el que vivía el dinosaurio. Aunque los fósiles de dinosaurios y resinas son abundantes en el Cretácico tardío del oeste de Canadá, rara vez se asocian, porque las condiciones para su preservación difieren. Por lo tanto, los registros de hueso y ámbar representan fuentes de información en gran medida independientes, aunque complementarias, sobre diferentes aspectos de los ecosistemas antiguos. En el nuevo fósil, las huellas de plantas e insectos en el interior del ámbar confirman que algunos hadrosaurios se alimentaron de coníferas cerca de las llanuras de inundación costeras.
